Pedro Segundo Tavacca

viernes, 15 de julio de 2011

EL AUTOCONOCIMIENTO ( IX )


“Dirige todos sus esfuerzos a cultivar la tierna planta de
virtud que crece en lo interno de tu ser. Para facilitar su
desarrollo purifica tu voluntad y no permitas que te
alucinen las ilusiones de los sentidos y cada paso que
des en el sendero de la vida eterna encontrarás un aire
más puro, una nueva vida, una luz más clara y en
proporción a tu ascenso se dilatará tu horizonte
espiritual.”.

(Carta Rosacruz Nº I - “Sabiduría Divina”)



EL AUTOCONOCIMIENTO ( IX )

El fragmento que hemos transcripto, como todos los que podríamos
escoger dentro de las siete Cartas Rosacruces que estamos intentando
comentar, encierra afirmaciones que deben interesar profundamente a
todos los aspirantes espirituales, cualquiera sea el Sendero que estén
recorriendo. Aquí ahora se hace referencia a:


LA PLANTA DE VIRTUD

Indudablemente es unánime convicción de todos aquellos que han comenzado a
recorrer el Sendero Espiritual que en el mismo no se puede ir acompañado de los defectos que
en mayor o menor medida generalmente nos afean y no nos permiten el florecimiento,
precisamente de virtudes. ¿Qué es una virtud? Sin pretender llegar a una definición precisa,
podría decirse que es una disposición personal que inclina a ejercer acciones indicativas de una
natural armonía interior lo cual hace aparecer a la persona plena de prudencia, templanza,
natural afecto y otras cualidades semejantes. Podría perfeccionarse la definición pero por ahora
es suficiente marcar la diferencia que existe entre una virtud y un defecto o hábito negativo, lo
cual a veces no es tenida en cuenta adecuadamente. Los llamados defectos están
profundamente arraigados en nuestro inconsciente y su erradicación no es una tarea fácil que se
pueda llevar a cabo mediando un tibio arrepentimiento o una superficial o pasajera decisión, sino
que para ello se requiere una real toma de consciencia del perjuicio que con su presencia
estamos haciendo a los demás y a nosotros mismos, si no se produce dentro nuestro su
erradicación. Tomemos por ejemplo el pernicioso hábito de comentar defectos ajenos. Si esa es
nuestra costumbre, aunque no lo hagamos en forma directa y personal, mentalmente estamos
induciendo a otro para que continúe obrando en la forma que estamos criticando y por nuestra
parte nos estamos rodeando de vibraciones malsanas que también afectan nuestra salud
psíquica y hasta física porque todo comienza en el nivel etérico.


ILUSIONES DE LOS SENTIDOS

En esta Carta se habla de la “tierna planta de virtud” y realmente así es ahora como una
débil expresión que recién comienza a adquirir vigencia porque somos integrantes de una
humanidad que deambula animada por las ilusiones de los sentidos, lo cual es un impedimento
que no nos permite vivir inteligente y sabiamente a fin de que nos transformemos en un factor
positivo dentro de la sociedad.

Es casi unánimemente aceptado que el objetivo de la existencia humana es mantener o
incrementar el valor económico de todo lo que uno posee y que suponemos es de nuestra
pertenencia, porque así lo dicen las leyes humanas, pero no las divinas. Es una ilusión de los
sentidos suponer que los bienes materiales pueden allegarnos una felicidad duradera mientras
que ésta es un estado interior que no tiene relación muy íntima con nuestras posesiones. A
menudo trabajamos intensamente y con pasión para acrecentar nuestro patrimonio personal y
cuando parecería que lo hemos logrado la muerte nos conduce a la misma situación que
teníamos cuando se inició nuestra presente existencia. Nada de nada. Hace falta una casa en la
cual cobijarnos y alimento suficiente para mantener nuestro cuerpo físico y algunas
comodidades, pero es una ilusión de los sentidos suponer que la felicidad puede lograrse sólo
con su simple posesión.


LA VIDA ETERNA

En esta Carta se dice que “a cada paso que damos en el sendero de la vida eterna
encontramos un aire más puro”. Vivimos ilusionados si creemos que hemos nacido para
cimentar un patrimonio material en lugar de cimentar todo lo que se encuentra dentro de lo más
intimo de nuestro ser y que nos acompañará eternamente. Una virtud que hemos logrado
formará parte de nosotros mismos, más allá de una transitoria vida, brindándonos la posibilidad
de vivir embargados de un optimismo naturalmente autogenerado a lo cual puede llamársele “un
aire más puro”. Sin embargo lo común es que vivamos tratando de ocupar el tiempo en cosas
banales en lugar de abocarnos al real objetivo de nuestra existencia, cual es indagar sobre:

¿Quién soy?, ¿De dónde he venido?, ¿Adónde voy? Sí así lo hacemos, estaremos en
condiciones de dilatar nuestro horizonte espiritual que es a lo que fundamentalmente nos
inducen los Hermanos Mayores, en esta oportunidad a través de las Cartas Rosacruces, a las
cuales con mucho respeto y empeño estamos intentando comentar. Como las mismas no son de
mucha divulgación comenzaremos a transcribirlas literalmente comenzando en esta oportunidad
con la primera hasta llegar a la séptima, a través de futuras publicaciones, dejando constancia
que su traducción castellana, efectuada oportunamente con mucha buena voluntad, puede ser
mejorada técnicamente.

Esperamos que esta joya espiritual que se nos ha brindado puede servir de impulso e
incentivación a todos los estudiantes, ya que toda labor que se lleve a cabo relacionada con lo
que ocurre dentro de nosotros mismos puede brindarnos la posibilidad de hacer resurgir el
interés por estas Enseñanzas que tienen un valor inigualable, máxime en estas horas cruciales
en la historia de la humanidad.

Muy afectuosamente.

Pedro S. Tavacca
(tavacca.pedro@gmail.com)

20 de Junio de 2011

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